Tieguanyin oolong, o los monos que recolectaban té

Macacos rabones a la hora de comer, suponemos que en el descanso de recolectar té. Fotografía de Frans de Waal.

Macacos rabones a la hora de comer, suponemos que en el descanso de recolectar té.
Fotografía de Frans de Waal.

Esta es una historia de cuando el té todavía era recolectado de arbustos que crecían silvestres. No existían los jardines de té o las plantaciones como hoy las conocemos. Hace tanto, tanto tiempo que ocurrió, que ni siquiera sabemos si de verdad fue así.

Éranse una vez, en las lejanas montañas de Fujian, unos arbustos de té que crecían en una zona tan escarpada y peligrosa que los monjes budistas que se encargaban de procesar el té eran incapaces de alcanzarlos.

Por más que lo intentaban, nunca conseguían más que un puñado de hojas, arrugadas por el puño cerrado en tensión del valiente monje escalador de turno, que arriesgaba su vida para obtenerlas.

Pero los monjes necesitaban recolectar ese té. Sabían que en su interior se guardaba una esencia que iba a ser única durante siglos; con esas hojas y la sabiduría de su Maestro del Té podrían hacer la infusión de más alta calidad jamás conocida en Fujian.

En esto que un joven monje, paseando al amanecer, se fijó en un grupo de macacos que jugaban despreocupadamente entre los afilados peñascos. Quedó embelesado por sus alardes de agilidad: incluso los más pequeños saltaban confiados de roca en roca, persiguiéndose unos a otros y enseñando sus dientes en lo que parecían ser risas de disfrute.

Entonces se dio cuenta. ¡Tenían la solución allí mismo!

Corrió entusiasmado de vuelta hacia el monasterio; a punto estuvo de caer un par de veces debido a la excitación.

Cuando llegó frente a sus compañeros, jadeante, sonriente, mirando sus caras de asombro que lo observaban, esperó a recuperar el aliento y les preguntó: “¿Quién me ayuda a cazar un mono?”

Así fue como los monjes de Fujian empezaron a adiestrar a los macacos para que recolectaran las más tiernas hojas de los arbustos que crecían en las escarpadas laderas de la montaña.

O puede que no fuera así.

Pero esa es otra historia.

 

Esta leyenda ampliada y otras sobre el té Tieguanyin las puedes encontrar en “La perla del dragón“.

 

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