Historia del té

Hombres cargados con ladrillos de té en Sichuan, China

Hombres cargados con ladrillos de té en Sichuan, China, en 1908.
Fotografía de Ernest H. Wilson, restaurada por Ralph Repo.

En China se bebe té desde tiempos inmemoriales. Hay registros que datan del siglo X antes de Cristo, pero que mencionan que dieciocho siglos antes había chinos que vertían agua recién hervida sobre hojas secas de té y luego se la tomaban entre manifestaciones de gusto y de tibieza.

A principios del siglo IX se dice que pasa a Japón a través de los monjes Budistas, quienes lo utilizaban como estimulante para estar alertas en sus horas de meditación, ya que para ellos tomar el té era una ceremonia ligada al espíritu.

El té llegó a Europa mucho después a través de los holandeses y los portugueses en el siglo XVII. En la década de 1650, Inglaterra se convirtió en la mayor potencia europea del té, gracias en parte a su especial relación con sus colonias en la India. Hacia 1657, Thomas Garraway ya expende cajas de té chino en su tienda de Londres y los ingleses lo monopolizaron a través de la East India Company. Exportaron su costumbre de beber té a Norteamérica, pero los en 1773 renunciaron a esta bebida ante los desorbitados impuestos ingleses.

El comercio del té era estrictamente reglamentado por los chinos, muy conscientes de la riqueza que suponía para ellos en su comercio con Occidente.

En Occidente hasta ahora se prefería el té negro por su sabor más suave ligeramente perfumado, de aroma delicado y menos amargo que el té verde. En el mundo Oriental, China, India, Tibet y Japón se consume mayoritariamente el té verde, probablemente el más puro, procedente de las hojas secas sin oxidar, que proveniente de la misma planta que el té negro. A quién le guste variar, dispone además de un término medio entre el verde y el negro: el té oolong que es semi-oxidado.

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